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lunes, 7 de marzo de 2016

El desconocido campamento romano del cerro de La Muela

La real academia de la lengua tiene una lista larga de acepciones para el término “Muela”. Nos centraremos en su cuarta definición: “Cerro escarpado en lo alto y con cima plana”. En Las Merindades hay varias, bastantes, muestras de este efecto geológico que atestigua los procesos erosivos naturales.

Campamentos Romanos

Nos centraremos en el cerro de “La Muela” (denominación asaz simple y clara) y en su uso militar durante las guerras Cántabras. Les advierto que es un tema difícil. ¿La causa? Que en campaña los campamentos no suelen ser estables. Salvando las distancias es como estudiar un vivac frente a estudiar una casa. De hecho, muchos especialistas han trasplantado los esquemas de los acuartelamientos permanentes (castra stativa o castra hiberna) para las fortificaciones romanas de campaña y del equipamiento y utillaje que este tipo de enclaves suministran. Llegan a descartar campamentos provisionales por la ausencia de cerámica sigillata de lujo o ánforas varias…

Los Castra Aestiva son importantes porque nos dan detalles de las campañas militares de conquista y complementan los acontecimientos bélicos citados por las fuentes literarias. Y en este sentido los materiales que se suelen hallar son las clavijas de tiendas de campaña, tachuelas de hierro de las caligae, algún arma, utillaje metálico del equipo de campaña y algunas monedas. Tan solo cuando el ejército se ha visto obligado a abandonar precipitadamente el campamento por un ataque imprevisto u otra circunstancia aparecen materiales con mayor abundancia.

Campamentos romanos del norte de España y su altitud

Pero, ¿no conocemos ya todo lo que fue Roma? No. Siempre hay cosas nuevas que descubrir. Con relación a los Castra Aestiva indicábamos que la culpa del desconocimiento es de la provisionalidad y del rápido deterioro de estructuras y materiales empleados: tierra y madera. Pensemos que no son asentamientos continuados y, principalmente, en entornos de leve cubierta vegetal, escasos centímetros de tierra y roca madre. Zonas situadas en cimas de montañas donde los procesos de erosión impiden la formación de suelos de cierta potencia.

Pensemos que los campamentos romanos (castra) y las fortificaciones de campaña (munimenta) fueron bases principales de la potencia militar, de la táctica y de la estrategia de Roma para imponerse.

Campamento romano con "clavicula"

Diferenciando los tipos de campamento utilizados por Roma comprenderemos qué instrumental e impedimenta pueden aparecer teniendo en cuenta lo que realmente llevaban las legiones para la construcción de los campamentos de marcha durante las campañas bélicas de primavera y verano. Estos podían ser para una noche o para una temporadita. Incluso se construían en tiempos de paz como entrenamiento de las tropas y para mantener la disciplina. Finalmente, podían ser de muy diversos tipos según su función y tiempo de ocupación

Los castra aestiva han sido descritos por Polibio, por César, por Flavio Josefo, por el Pseudo-Hyginio y por Vegecio que recuerdan esta costumbre romana de atrincherarse cada día tras la marcha. Este hecho llevó a que contasen las jornadas de marcha por el número de campamentos levantados. Estos, los campamentos, conseguían instalar provisionalmente un ejército en territorio enemigo y protegerlo con una línea defensiva (vallum). Para ello se cavaba una fossa, en ocasiones doble (fossa duplex), y se construía detrás un terraplén de tierra sujeto con ladrillos de césped o con rocas y bloques de piedra transportables (el Agger), sobre el que iba un camino de ronda protegido por una empalizada de madera (vallum) construida fijando las estacas transportadas por los legionarios (pila muralia) o con un enrejado de ramaje (lorica) fijado con postes.

Campamento romano con "titulum" (Desperta ferro)

Actualmente se estima que esas estacas eran empleadas a modo de “caballos de Frisia”. Solían ser de madera de encina o de roble, de sección cuadrada terminada en punta por ambos extremos y con un estrechamiento en el centro. Es decir, irían unidos en “estrella” de tres en tres –en erizo-, colocándose a lo largo del agger y del contra-agger. Obstruían el acceso.


Al otro lado del foso se acumulaban tierra y piedras para formar el contra-agger, cuya función era reforzar su profundidad y sujetar estacas y ramas puntiagudas cara al exterior. En país enemigo la empalizada estaba dotada de torres de madera y de bastiones para las piezas de artillería -escorpiones, catapultas y balistas-, especialmente en los salientes, en los ángulos del campamento. Pero no siempre.

La entidad de las defensas dependía de lo que fuese a permanecer en el lugar, de la existencia de enemigos cercanos o del tiempo que se disponía. En casos de prisa se construía un atrincheramiento sencillo de escasa importancia (castra levis munimenta).


En época republicana eran los tribunos y los centuriones escogidos por turnos quienes se adelantaban al ejército en marcha para escoger el emplazamiento del campamento y trazar su perímetro. Dentro de la legión imperial el responsable de la elección del lugar de acampada, de su fortificación y de la instalación de las tiendas de campaña era el praefectus castrorum, al que también se encargaban las fortificaciones de los asedios.

El perímetro defensivo se adaptaba al terreno procurando respetar en la medida de lo posible un modelo ideal de planta rectangular con ángulos redondeados y, si era preciso, se explanaba el terreno.


La puerta praetoria se situaba cara al enemigo y la porta decumana en el lado opuesto, dando a la parte más alta del emplazamiento. Las cuatro puertas del campamento se protegían cuidadosamente con un sistema defensivo característico de los castra aestiva denominado “llavecita” (clavicula), consistente en una prolongación del talud (agger) hacia el interior del campamento en forma de cuarto de círculo; su finalidad era desviar hacia la izquierda a los posibles asaltantes que intentasen irrumpir por las puertas y obligarles a que dejasen desprotegido su costado derecho y las espaldas -el costado izquierdo iba protegido por el escudo-. En ocasiones iba asociada a un foso y muro situado delante de la puerta para romper el asalto de una formación enemiga.

En el interior, separados de las defensas por el intervallum para que no alcanzasen los proyectiles arrojados desde el exterior, los legionarios se instalaban en tiendas de campaña (papilionum) de cuero, en cada una de las cuales se alojaba un grupo de ocho hombres (contubernium).

Tiendas de campaña romanas (serie "Hispania")

Las diez cohortes que formaban cada legión de 5.000 o 5.500 hombres, los 120 jinetes de exploración y las unidades auxiliares se distribuían en este recinto fortificado a los lados de las dos vías internas. En cruce estaba la tienda del general (praetorium), el cuartel general (principia) y el estandarte de la legión, el águila. Al abandonarlo el campamento se solía quemar para evitar su utilización por el enemigo.

Si el enemigo se encontraba en las cercanías, la caballería y la mitad de la infantería formaban en orden de batalla delante de las líneas marcadas para proteger la impedimenta y a la mitad de la infantería encargada de cavar los fosos, levantar el terraplén y colocar las tiendas.

¿Y de quién obtuvieron los romanos la idea? ¿Se les ocurrió a ellos? Pues seguro que un poco de cada opción. Probablemente influyeron los etruscos, los ejércitos cartagineses -herederos de los campamentos asirios- (de hecho, el ejército romano adoptó para la fortificación de sus campamentos de campaña de la denominada “fossa púnica”), de griegos y persas… Los historiadores romanos tampoco nos aclaran el tema. En cualquier caso, el arte de los asedios, la poliorcética, ciencia muy desarrollada por los soberanos helenísticos sucesores de Alejandro Magno, probablemente influyó en la fortificación militar romana.

El concepto de las fortificaciones de campaña se fundamenta en un viejo precepto romano: “una guerra se gana antes con el zapapico que con la espada”. Porque si la batalla era adversa el campamento constituía un refugio y un punto de reorganización y contraataque. Y por ello ¡no se podían perder las herramientas!

Para hincar en los fosos y en toda la obra defensiva de los campamentos de campaña se fabricaban en masa estacas de diferentes tamaños con punta endurecida al fuego. Junto a éstas se utilizaban también otras estacas y troncos de árbol con varias ramas puntiagudas llamadas “ciervos” (cervoli) que se clavaban en la cara exterior del agger y en el contra-agger. Con ellos se formaba la “barrera de pestañas o de dientes”. Cuando la naturaleza del suelo impedía levantar un terraplén, o bien si los ladrillos de césped se rompían y las paredes del foso se derrumbaban, la línea defensiva se levantaba solo con los cervoli “troncos de árboles con sus ramas”. Si incluso los “ciervos” faltaban, entonces se levantaban cuatro líneas defensivas con las armas.

Los campamentos podían ser de forma cuadrada (castra quadrata), triangular (castra trigona), oblonga (castra oblonga), circular (castra rotunda), ovalada (castra semirotunda) o en forma de medio círculo o creciente lunar (castra lunata). Y se adaptaban al lugar donde se asentaban.

Se ha dicho muchas veces que este tipo de asentamientos ocasionales no eran suficientes para una legión, sus auxiliares y toda su impedimenta. No solo podemos pensar que estarían más apretados sino que debemos asumir que los 6.000 hombres, o de 5.000 infantes y 300 jinetes de la legión, son efectivos teóricos que raras veces se alcanzaban en campaña. Incluso, en ocasiones, se construían deliberadamente campamentos de pequeñas dimensiones denominados “castra angustiora” con el propósito de que el enemigo subestimara al ejército acampado.


Para comprender qué se puede encontrar el investigador al estudiar un campamento romano de campaña debemos conocer lo que llegaba a esas bases: el soldado romano.

Gracias a la reforma de Cayo Mario, en campaña cada legionario llevaba únicamente la impedimenta estrictamente necesaria: sus armas, las herramientas para construir, recipientes de madera o metálicos -de bronce o de cobre-, víveres para muchos días (especialmente trigo), utensilios de cocina, estacas para la empalizada, un saco o cartera rectangular de cuero reforzada por dos bandas cruzadas, un odre lleno de agua en lo alto, una red para el saco de grano, así como otros dos sacos u objetos menos característicos en los que irían los demás víveres.

Equipo personal de Legionario

Como ya se ha señalado, cada legionario llevaba durante las marchas una o varias estacas puntiagudas (sudes o pilum muralis) para utilizar en la empalizada campamental, para hincar en los terraplenes o para hacer los erizos o caballos de frisia.

Cada contubernium de ocho hombres tenía una mula o un burro para transportar su tienda de campaña de cuero y el instrumental para construir los fosos y el terraplén del campamento: cesto de mimbre para transportar la tierra, pala, pico, cortacésped, azada, azuela, hacha, sierra y dolabra. A toda esta impedimenta pesada hay que añadir las innumerables herramientas de artesanos como los carpinteros, herreros, armeros, albañiles, etc. que tenía cada legión a las órdenes del praefectus fabrum.

Cerro de La Muela (Sigpac)

Con todo lo aprendido nos dirigiremos al campamento romano de La Muela (Villamartín de Sotoscueva, Burgos) que sale a la luz en el año 1999, en una serie de prospecciones realizadas por Eduardo Peralta Labrador, Federico Fernández y Roberto Ayllón: Por los materiales y estructuras halladas en superficie declararían estar ante un campamento romano.

La Muela domina el extremo occidental del barranco del Dulla, por el norte los llanos de Villamartín de Sotoscueva y por el oeste la Merindad de Valdeporres. La peña es una península unida al páramo y tiene una superficie de 1`12 hectáreas, en un espacio prácticamente llano y muy erosionado, careciendo además de vegetación. Es esta época, periodo de Augusto, la técnica de fortificación militar romana era del tipo “campamento de planta rectangular con ángulos redondeados y puertas en claviculae” que será utilizado por las legiones hasta mediados del siglo II d.C. No obstante, la planta rectangular de estos campamentos se adaptaba a las circunstancias y estas eran muy importantes en campaña.

Cerro de La Muela

En este pequeño enclave, a 1.139 m sobre el nivel del mar, se aprovecharon los abruptos acantilados de la península sobre la que se asienta a modo de línea defensiva, protegiéndose arquitectónicamente solo la entrada por el istmo.


Centrados en dicho "istmo", que une la península al paramo, vemos que es donde más materiales fueron hallados y el primer punto donde afloran los restos constructivos. Concretamente se puede apreciar una estructura defensiva a base de dos "aggeres" de tierra y piedra de unos 5 metros de largo que encierran el área de la península dotándolo además del único acceso al recinto. Llama poderosamente la atención el "agger" interno, ya que dispone de una prolongación en forma de cuarto de círculo con muro hacia el interior que crea un estrechamiento o pasillo de control antes de la puerta, la cual es una clavícula interna. No hay más estructuras defensivas en el campamento (¿para qué?), son totalmente innecesarias viendo la morfología de la península. Lo que sí aparecerían en el interior serían varias depresiones circulares que podrían corresponder a cabañas de la Edad del Bronce excavadas en el subsuelo rocoso.

Soldado republicanos y Pilum

Destaquemos que este cerro está en contacto visual con otros campamentos romanos situados más al norte. Amén de que controlaría el cercano asentamiento celta del Cerro de La Maza.

Es el único campamento conocido sobre un roquedo natural y evidencia de las guerras cántabras en Las Merindades. Por sus dimensiones se supone que sería para una pequeña guarnición destinada al control de la vía natural de comunicaciones del alto Ebro y proteger la vía de abastecimiento de las legiones que penetraron hacia la costa cantábrica.

El descubrimiento y estudio de estos campamentos de verano han mostrado que la estrategia romana para conquistar a cántabros y astures consistió en penetrar profundamente en el territorio enemigo sirviéndose de las líneas de cumbres que dominan el territorio y descienden hacia la costa.

Balista 

Inicialmente se realizó un sondeo en el segundo "agger" de tierra que cierra el paso en el istmo de acceso, sobre manera para conocer las características del foso del mismo. En dicha intervención se constataría el alto nivel de erosión en la totalidad del campamento, ya que el fondo del foso actual tiene tan solo 70 cm de anchura por 30 de profundidad. Esta circunstancia tiene dos lecturas totalmente contrarias: La primera de ellas desde un punto arqueológico muy positiva, ya que los restos materiales aparecerían casi en superficie, facilitando mucho la labor. La segunda, contrapuesta, es que este afloramiento "sencillo" ha podido favorecer la labor de los furtivos en la zona.

Tanto en superficie como hincadas se encontraron varias clavijas de tienda de campaña, indicador del carácter temporal del campamento. Deduciríamos por ello que tuvo que estar ocupado durante un tiempo entre primavera y otoño, ya que sería prácticamente imposible pasar el invierno en tiendas de campaña de cuero y en un lugar tan expuesto.

Fíbula tipo Omega

¿Y los fragmentos de dolia (tinaja para alimentos) y los dos plomos de groma aparecidos en el centro del recinto? Si los encontramos es porque, seguramente, no fueron recogidos ordenadamente y esto podría haber sido causado por urgencias bélicas. Otrosí, la presencia de materiales es mayor en el estrechamiento del istmo (el acceso al recinto) lo que refuerza la teoría del combate. ¡Leches! Si se han encontrado dos "pila catapultaría", dos puntas de "pilum" (una doblada lo que presume su uso), abrazaderas y pasadores de pilum, regatones y puntas de lanza, siete puntas de flecha de 3 aletas y tachuelas de caligae. Vamos, casi seguro lo del enfrentamiento. Y debió ser contra lugareños.

Aparecieron también un conjunto de fíbulas: una fíbula indígena de tipo geométrico con anillas zoomorfas, similar a una de las encontradas en el castro de La Loma (Palencia); entre las fíbulas romanas han aparecido varias omegas y tres Auccissas (difundidas por el ejército romano de inicios de la "época augústea"). De esta segunda tipología se conocen ejemplos hasta el siglo II, pero los modelos de La Muela son del periodo entre el 15 a.C. y el 15 d.C.


También apareció un valioso conjunto numismático. Bajo una piedra se encontró un “as” acuñado en Nemausus (Nimes) en época augústea. Se aprecia claramente las efigies de Augusto y Agripa, muy escasas en la península ibérica y que casi siempre aparecen asociadas a establecimientos militares. Su producción comenzó hacia los años 27/28 a.C. y continuó hasta el 14/15 d.C. Aún así, esta pieza parece ser única en cuanto a su acuñación, ya que varios elementos de la misma son totalmente diferentes a los ases de la misma época. Respecto al resto de ases encontrados, cabe destacar que cuatro de ellos aparecieron juntos: Un as de Clounioc (emisión pompeyana o augustea), dos ases de Celsa (44-42 a.C. a 36-35 a.C.) y dos ases augusteos de Calagurris (29-28 a.C.), uno de ellos partido.

Se rescataron varias monedas de plata: Un denario de Cn. Domocio Ahenobarbo (110 a.C.), un denario de la familia Cipia (115-114 a.C.), un denario de R. Marcio Filipo (56 a.C.) y un quinario de Carisio (24-22 a.C.), acuñado tras las primeras campañas de las Guerras Cántabras y que no hace más que reforzar la datación de este yacimiento en dicho periodo bélico.

El haber podido diferenciar los distintos tipos de campamentos nos está permitiendo reconstruir cómo fueron en realidad las Guerras Cántabras del emperador Augusto y de sus legados para someter la Cantabria prerromana.


Bibliografía:

“Los cántabros ante Roma” de Eduardo Peralta Labrador.
“Un nuevo campamento militar romano en el páramo leonés: Huerga de Frailes” de Andrés Menéndez Blanco, David González Álvarez, Jesús Ignacio Jiménez Chaparro, Valentín Álvarez Martínez.
“Las Merindades de Burgos: Un análisis jurisdiccional y socioeconómico desde la Antigüedad a la Edad Media” de María del Carmen Sonsoles Arribas Magro.
“Campamentos romanos en la meseta hispana en época romano republicana” de José M" Blázquez Martínez.
“La conquista romana de Campoo: arqueología de las guerras cántabras” por Eduardo Peralta Labrador
“Los campamentos romanos de campaña (Castra Aestiva): evidencias científicas y carencias académicas” por Eduardo Peralta Labrador

Para saber más:


Anexos:

Descripción de cómo se realizaban las fortificaciones de campaña por parte de Vegencio:

“Hay tres modos de fortificar los campamentos. Si el peligro no fuese grande, haréis con céspedes una especie de atrincheramiento de tres pies de alto, defendido del foso que haréis al sacar los céspedes, y que abriréis hasta que tenga nueve pies de ancho y siete de profundidad. Si el peligro fuera inminente, es preciso que el foso conste de todas las medidas convenientes, esto es, que tenga doce pies de ancho y nueve de profundidad, y poniendo sobre el parapeto toda la tierra, que sacaréis del foso, aumentaréis su altura con cuatro pies más. De este modo tendrá trece pies de alto y doce de ancho; sobre él plantaréis estacas de madera muy fuertes, que los soldados suelen llevar consigo. Para estos trabajos se han de tener siempre a mano azadones, picos, hachas y palas”

Descripción de Polibio (Siglo II a. C.) de un campamento de campaña:

“Cuando, en la marcha, se acercan al lugar en el que se debe acampar, el tribuno y los centuriones a los que por turno corresponde esta tarea se adelantan. Después de inspeccionar el terreno, primero determinan el lugar en que se plantará la tienda del cónsul, según antes se expuso, y también, alrededor de esta tienda, el lado del perímetro a lo largo del cual se instalarán las legiones; establecido esto, señalan el perímetro de la tienda, después la línea recta en la que se colocan las tiendas de los tribunos e, inmediatamente, la paralela a partir de la que se inicia la instalación de las legiones. Del mismo modo trazan las líneas al otro lado de la tienda del cónsul, según se ha expuesto más arriba prolijamente y con detalle.

Todo esto se hace en muy poco tiempo, porque el trabajo de medición es fácil, ya que los espacios intermedios son constantes y familiares. Entonces plantan en el suelo un primer estandarte, en el lugar donde se alzará la tienda del cónsul, un segundo en el lado determinado, un tercero en el punto medio de la línea sobre la cual se levantan las tiendas de los tribunos y un cuarto en el lugar donde acamparán las legiones. Los estandartes son de color rojo, a excepción del estandarte del cónsul, que es blanco. Al otro lado de la tienda del cónsul fijan estacas desnudas y, alguna vez, estandartes de colores diversos. Hecho esto, miden en seguida las calles y plantan las estacas correspondientes a cada calle.

Es natural que cuando llegan las legiones, después de la marcha, y ven el lugar de la acampada, todo el mundo sepa el lugar que le corresponde: lo deduce fijándose en el estandarte del cónsul. Todos conocen exactamente su calle y el lugar de ella donde deben plantar su tienda, porque siempre les corresponde el mismo lugar en la acampada, por lo que el conjunto da la impresión de un ejército que retorna a su ciudad nativa.

En este supuesto todos, desde la puerta de la ciudad, se van rápidamente en dirección a sus propios hogares, pues todos los soldados conocen, naturalmente, el lugar de la ciudad donde tienen su residencia. Pues algo muy semejante a esto es lo que ocurre en las acampadas de los romanos”.


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