Que no te asusten ni la letra ni el sendero de palabras pues, amigo, para la sed de saber, largo trago.
Retorna tanto como quieras que aquí me tendrás manando recuerdos.


sábado, 24 de noviembre de 2012

Tras la derrota...

En esta entrada, donde comento lo que ocurrió en Espinosa tras la derrota del ejército de Blake, recurriré nuevamente a las memorias del Abad de Pechón. Para aquellos que no las conozcan es una lectura interesante por su sentida explicación de la realidad de la guerra narrada desde la visión de una víctima y no desde la del aguerrido corresponsal de guerra. Antes describiré qué es lo que cayó encima de esta población de las merindades cuando nuestro ejército de la Izquierda hubo de replegarse.

Pensemos que Napoleón tenía muchos talentos, pero también era un condottiere nato, un emperador de soldados, que estimaba a los veteranos escaldados. Y los trataba como tiempo atrás hicieron los jefes de mercenarios. Cuando tomó el mando del desolado ejército de Italia, lo primero que hizo fue levantar el ánimo de unos soldados desarrapados prometiéndoles los «tesoros de Italia», las «llanuras más fértiles del mundo», pan, ropa y dinero.

Cuando entraron en Milán, los franceses fueron aclamados como liberadores de la opresión de los Habsburgo, pero ocho días después la población saqueada se levantó contra sus nuevos explotadores y solamente pudo ser aplacada mediante ejecuciones sumarias.

¿Pero no eran Igualdad, libertad y fraternidad? ¿El nuevo hombre surgido de la revolución que entregaban a los pueblos de la tierra? (Suena calcadito a lo que cien años después pregonarían los Comunistas de Lenin y Stalin).

Por partes, durante el siglo XVIII el saqueo, la gran pasión de los mercenarios, fue bastante reducido, a fin de que los ciudadanos pudieran trabajar y pagar impuestos. Los ejércitos eran aprovisionados regularmente desde almacenes fijos, para proteger a la población de las grandes devastaciones que habían arruinado los estados durante el siglo XVII. Bajo el mando de Napoleón, se recurrió a métodos antiguos. La guerra debía nutrir otra vez la guerra.
José I ante Cadiz (Augusto Ferrer-Dalmau)
Observemos que durante la campaña en Italia los generales franceses estaban ocupados «con llenar sus carros de munición con las riquezas de las iglesias, monasterios y castillos» y estimulaban a sus soldados seguir su ejemplo. Otro relata los pillajes crueles en España: «para nosotros era horroroso contemplar como este hermoso país era entregado entero a un saqueo desenfrenado y a la rabia de soldados borrachos, que se lavan sus manos en aguardiente y champán y cuando duermen se cubren de sagradas vestiduras». Un general escribió en 1796 a Napoleón, que sus tropas eran peor que los vándalos y que tenía vergüenza de mandar sobre tal chusma de salteadores. Desde Alemania, escribió el general Moreau: «Hago lo que puedo para manejar los saqueos, pero la tropa no recibe sus pagos desde hace dos meses y los transportes de víveres no pueden seguir nuestras marchas». Y el general Jourdan: «Los soldados maltratan el país hasta el extremo: me avergüenzo de mandar un ejército que se comporta de una manera tan indigna. Si los oficiales tratan de hacer algo, se les amenaza, e incluso se les dispara.» No olvidemos el tren de joyas, cuadros y dinero que se llevaba José Bonaparte y los suyo cuando escapaban de España.

Las tropas de Napoleón eran más rápidas que sus enemigos, entre otras razones porque renunciaban al sistema tradicional de almacenes en favor de las requisas. Los países vencidos fueron explotados sistemáticamente por la administración. Napoleón exigió contribuciones: víveres, ropa, caballos y, naturalmente, soldados. El hecho de que los franceses vencieran con relativamente pocas bajas hizo aumentar mucho la motivación de sus soldados. Pero atizó los odios de los pueblos oprimidos por él, que se rebelaron -no como última razón- por ello. Y así, los ejércitos napoleónicos tuvieron que pagar la cuenta en España y en Rusia con una guerrilla de una crueldad entonces casi olvidada.

Giremos la mirilla hacia el bueno de don Nicolás que relata con candidez cómo la noche del 10 al 11 entregó alimentos a los soldados de Acevedo y cómo se sentía seguro con la reserva almacenada que, a la postre, se llevaron los franceses.

Una vez consumado el desastre, el Abad se sorprendía del valor de los Artilleros que sostuvieron la retirada del ejército Español desde la Riva. Cuenta que entraron cuatro mil franceses en la villa y que cogieron a los heridos no evacuados y a los bisoños que se habían escondido, matándoles sin distinción de uniforme militar o vestidos de paisano. Aunque, como dije, la uniformidad no era un elemento significativo de las unidades de esa batalla., asesinaron también numerosos civiles espinosiegos y refugiados.

Estos 4.000 soldados asaltaron las casas con prisa porque perseguían al ejército de la Izquierda quedando el grueso del de Victor a las afueras de Espinosa de los Monteros.
Los franceses entraron en las casa en busca de dinero, alhajas, vino y cosas de comer, dado que las unidades napoleónicas no avanzaban con un tren de avituallamiento. Además cargaban con telas y muebles.


Cuando el resto de unidades entró en la villa, tras la rápida operación de limpieza de las primeras tropas, los soldados se distribuyeron para requisar todo lo útil al ejército francés y encontrar casa a las caballerías y sus mandos.

Don Nicolás fue informado por un oficial llamado Fournier de que las ordenes habían sido las de arrasar la villa al entender el Mariscal Victor, hospedado en la casa de Porras, que los villanos estaban armados pero que los prisioneros informaron que los civiles armados eran soldados de los batallones gallegos sin uniforme.

Lo sorprendente a nuestros ojos, llenos de leyes de guerra humanitarias (Atentos al Oxímoron), es que la gente de la época asumía que si perdían debían sufrir el inevitable saqueo por el vencedor. Y los soldados prisioneros no podían esperar clemencia alguna. Conste aquí el sufrimiento de los heridos de gravedad eliminados de cualquier manera. En Espinosa se eliminó a algunos quemándoles en la casa donde estaban. (Una muestra más de la crueldad sistemática que se aplicaría en esta guerra, por todos).

Tampoco se estilaba eso de respetar las creencias del derrotado, su cultura y demás. Cuenta Nicolás que la iglesia de Santa Cecilia estaba ocupada por soldados que se jactaban de actuar sacrílegamente con figuras y elementos del culto. Curiosamente es la misma acusación que unos 130 años después se aplicaría contra el teóricamente ejército legítimo de la segunda República Española.

Finalmente el día 14 por la mañana los franceses abandonaron la villa camino de Reinosa. Napoleón, desde Burgos, buscaba cerrar la bolsa sobre el ya ejército de La Romana usando a Victor, Lefevbre y Soult.
Como nota de orgullosa humildad don Nicolás Barquín relata la falta de valor de su hermano ante un herido español tirado en el monte que no podía moverse de cintura para abajo y que logra espantar a todo un Montero de Cámara y Guardia de S.S.M.M. quien se había alejado de la villa para “proteger” a su madre, hermanos y criados en el valle de Soba. Se puede entender que el nuevo monarca, receptor legítimo de la corona según la mentalidad del antiguo régimen, no los llamase a su servicio y permaneciesen en Espinosa sin empleo ni sueldo. (¿Y unirse a las guerrillas?)

Para el 25 de Noviembre habían regresado la mayoría de los vecinos pero cuando entraron en Espinosa doscientos Húsares de la caballería de Holanda y otros tantos Dragones hubo una nueva desbandada.

Como puntilla indica que de entre los valientes que permanecieron en la villa durante los días posteriores a la batalla pocos pasaron la frontera del año 1810. Quizá por miedo, hambre, edad…

Cuando la provincia de Burgos se entendió tomada para el rey José I se dispusieron contribuciones para el sostenimiento de esta causa y sus ejércitos. Espinosa debió dar 200 vacas puestas en Burgos que con el tiempo se cambió a 6.000 reales ordinarios, aunque cada Mariscal Francés que entraba en Burgos solía forzar contribuciones extraordinarias para el sostenimiento propio y de sus tropas.

Por último mención a dos Espinosiegos que participaron en la batalla encuadrados en sus respectivas unidades:
  • Don Clemente Madrazo Escalera: Subteniente del regimiento de Hibernia. En 1833 era Coronel del 2ª de Ligeros y en 1838 se encontraba con los Carlistas con el grado de Brigadier.
  • Don Ildefonso Gil: Sargento Primero del Regimiento de Hibernia y que en 1844 era Montero de Cámara de S.M. la reina Isabel II.







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